El equilibrio entre la claridad lingüística y la evolución del lenguaje

por Arcelio Hernández Mussio (ANTIO, Costa Rica)

 

La lengua, como ente vivo y dinámico, oscila constantemente entre la necesidad de adherirse a reglas fundamentales que preservan la claridad y la comunicación efectiva y el deseo de adaptarse a los cambios sociales y culturales. Esta dicotomía, tal como lo señala el filólogo Rafael Ángel Herra, refleja un aparente conflicto. Este ensayo examina cómo las reglas lingüísticas fundamentales y los debates actuales sobre el lenguaje inclusivo ilustran esta tensión entre la norma y la innovación.

La gramática, la sintaxis y la puntuación constituyen los pilares que sustentan la claridad en el lenguaje. Estas reglas, descritas por Herra como «implacables», no son arbitrarias, sino que garantizan mensajes comprensibles y coherentes para todos los hablantes. No obstante, la lengua también es un fenómeno social, creativo y espontáneo, que se adapta constantemente a las necesidades cambiantes de sus usuarios. Este carácter vivo impulsa la incorporación de nuevas palabras, expresiones y estructuras gramaticales. Sin embargo, como advierte Herra, el descuido de las reglas fundamentales puede llevar al caos comunicativo, transformando el lenguaje en una «fiesta de Lucifer» donde el entendimiento mutuo se disuelve.

En este contexto, la postura de la Real Academia Española (RAE) respecto al lenguaje inclusivo cobra relevancia. La institución defiende el uso del masculino gramatical como género no marcado, argumentando que incluye a todos los géneros sin necesidad de desdoblamientos como «todos y todas» o neologismos como «todes». Según la RAE, estas prácticas son innecesarias y ajenas a la estructura tradicional del español. Además, considera que afectan la economía y fluidez del idioma, elementos esenciales para una comunicación clara y eficiente.

Por otro lado, los defensores del «lenguaje inclusivo» argumentan que las formas tradicionales del idioma perpetúan desigualdades al invisibilizar a ciertos grupos. Desde esta perspectiva, el lenguaje no es solo un medio de comunicación, sino también una herramienta para el cambio social, que debe adaptarse para reflejar valores de equidad y diversidad. Sin embargo, incluso entre los colectivos que promueven el cambio, no existe consenso sobre qué constituye exactamente el «lenguaje inclusivo», lo que añade complejidad al debate.

El desafío radica en encontrar un equilibrio entre la claridad lingüística y la adaptación del lenguaje a las demandas sociales. Es crucial preservar la gramática, la sintaxis y la puntuación como elementos estructurales, reconociendo al mismo tiempo que el lenguaje está en constante evolución. Los cambios deben integrarse de manera ordenada, sin sacrificar la capacidad del idioma para comunicar ideas de forma precisa y eficaz.

Como lo señala Herra, el carácter vivo y creativo de la lengua no debe convertirse en un descontrol que comprometa su función principal: la comunicación clara. El español, como idioma en evolución, puede incorporar cambios que reflejen la diversidad sin perder su esencia. Sin embargo, es fundamental que estos cambios surjan de forma natural y ampliamente aceptada para evitar que la lengua pierda su cohesión y eficacia.

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